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Otra vez han muerto dos guardias civiles mientras luchaban, con pocos medios, contra el
narco.Ayer en Espejo hablamos con Paqui, madre de uno de los compañeros que falleción en
Barbate y que ve cómo todo sigue igual. Marlaska se borra y nadie nos dice qué pasó con Ocón Sur
La muerte del capitán Jerónimo y del agente Germán en Huelva deja una imagen que España ya conoce demasiado bien: mar picado, persecución, narcolanchas, guardias civiles jugándose la vida y un Estado que no llega a tiempo ni a lavarse las manos.
Ocurrió entre Punta Umbría y Mazagón, a 150 kilómetros de la costa, en una intervención contra el narcotráfico que terminó con dos embarcaciones del propio servicio marítimo colisionando en plena persecución. Otra vez Huelva. Otra vez Andalucía. Otra vez el litoral convertido en frontera caliente de Europa y en cementerio laboral de quienes salen al agua con menos medios de los que exige el enemigo que tienen delante.
Paqui la madre de Miguel Ángel González, el agente arrollado en Barbate en 2024, nos cuenta algo que debería dar vergüenza nacional: esto no es una fatalidad, no es mala suerte, no es un accidente caído del cielo como un rayo bíblico. Esto lleva tiempo anunciado. Se venía diciendo. Lo decían los guardias civiles del Estrecho, lo repetían los sindicatos, lo sabía cualquiera que mirara dos minutos el mapa del narcotráfico en el Campo de Gibraltar, en Huelva, en el Guadalquivir o en toda la costa andaluza. Las narcolanchas han dejado de ser una anomalía. Ya son paisaje. Y cuando el paisaje se acostumbra a la impunidad, los muertos los pone siempre el mismo lado.
Ahí aparece Fernando Grande-Marlaska como aparece casi siempre en estas historias: tarde, mal o por delegación. Que no fuera al funeral se puede discutir como gesto, pero mira, eso al lado de la falta de medios, pues no es tan grave.
No sabemos por qué se produjo el desmantelamiento de OCON-Sur, ni por qué los que están en primera línea contra el narcotráfico tienen plantillas limitadas y medios obsoletos, ni por qué no hay embarcaciones insuficientes en esa zona de especial singularidad.
La Guardia Civil es un cuerpo leal, disciplinado, militar, gente que tiende a tragarse la rabia mientras sigue haciendo el servicio. Y esa lealtad, que debería ser una virtud protegida por el Estado, acaba funcionando como una coartada para el abandono.
Entonces tiene que venir una madre rota a recordar que los agentes salen al mar sin protección suficiente, que no pueden defenderse como deberían, que se les exige disparar al aire cuando les vienen encima, que los narcotraficantes ya no le tienen miedo a la Guardia Civil y que un asesino de uniforme ajeno puede acabar en la calle dentro de diez o quince años.
Por lo que sea, esto en lugar de sonar a orden público. Suena a decadencia.
Huelva, Barbate, Punta Umbría, Mazagón, Campo de Gibraltar. Son nombres que ya no remiten solo a mapas o playas. Remiten a una grieta. A una frontera comunitaria donde entra droga, dinero, miedo y desprestigio institucional.
Luego llegan las cámaras, los abucheos a María Jesús Montero, la ausencia de Marlaska, los comunicados, los minutos de silencio, la liturgia del pésame y esa vieja costumbre española de llamar accidente a lo que lleva años pareciéndose demasiado a una renuncia.
Mientras tanto, los guardias civiles siguen saliendo al agua. Y los demás seguimos fingiendo que el problema sólo está ahí cuando una noticia tan trágica se cuela en los medios de comunicación.