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Los pómulos se le marcan ahora en el rostro. Aquiles Álvarez, el alcalde de Guayaquil que sigue en el cargo pese a que fue detenido en febrero, ha perdido cerca de 50 libras en los tres meses que lleva en la cárcel de máxima seguridad El Encuentro. El centro penitenciario, construido por el Gobierno de Daniel Noboa bajo el modelo de las prisiones de Nayib Bukele, fue presentado como el símbolo de la guerra contra las bandas criminales que desangran a Ecuador. Hoy también alberga a figuras políticas como Álvarez, el mayor opositor al presidente ecuatoriano.
“El alcalde no está sentenciado y aun así recibe el mismo trato que un reo condenado: lo raparon, lo vistieron con overol y le quitaron la Biblia”, asegura César Poveda, uno de sus abogados. La defensa y la familia denuncian restricciones severas para las visitas y condiciones de aislamiento extremo. Su esposa, Fiorella Ycaza, cuenta que la última vez que pudo verlo físicamente fue el 27 de marzo. Desde entonces, tras insistencias legales, apenas han logrado una videollamada semanal de una hora. En la última comunicación, dicen sus allegados, el deterioro físico era evidente.
Álvarez fue enviado a prisión preventiva por una investigación por delincuencia organizada. Meses después, un tribunal provincial concluyó que no existían elementos suficientes para sostener ese delito ni justificar la medida cautelar impuesta inicialmente por el juez. La orden de prisión fue revocada para él y sus hermanos. Pero para entonces la fiscalía ya había impulsado otro proceso, en el que también pidió prisión preventiva alegando que, durante un allanamiento, las autoridades detectaron que el alcalde no portaba el grillete electrónico que le había sido impuesto en otra causa. Ese expediente, conocido como caso Triple A, nació de unas denuncias por tráfico ilícito de combustibles relacionado con empresas familiares de Álvarez.
En total, el alcalde enfrenta tres investigaciones pero ninguna ha llegado a sentencia. Aun así, permanece recluido en el Encuentro, en una celda reducida, con una luz encendida permanentemente, según su defensa. “No es normal para un ser humano dormir con la luz prendida las 24 horas”, sostiene Poveda. “No hay facilidad para salir al patio, no hay acceso a luz natural. Pasa encerrado día y noche. El alcalde no tiene condiciones mínimas de dignidad”.
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