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El médico de Trump salió a dar la cara ante los periodistas y dijo algo que no tiene ningún sentido médico: que el presidente va al médico cuatro veces al año porque "le gustan los resultados." Esa respuesta no la dio el médico personal de Trump. La dio Mehmet Oz, que estaba cubriendo la rueda de prensa en ausencia de la portavoz habitual. Y lo que ese hombre evitó decir es exactamente lo que habría que escuchar, porque Donald Trump lleva más de una semana sin aparecer en público desde su visita de más de tres horas al hospital militar Walter Reed el 26 de mayo.
Cuatro revisiones en dieciséis meses cuando lo recomendable es una al año. Una resonancia magnética añadida al chequeo de rutina. Tomografías coronarias repetidas, lo que solo ocurre cuando la primera encontró algo que vigilar. Y el propio Trump diciéndole al Wall Street Journal que se arrepiente de haberse hecho el escáner porque "les dio munición." Encima, 36 especialistas en neurología y psiquiatría forense firmaron una declaración formal que fue introducida en el registro oficial del Senado americano, afirmando que su estado mental ha empeorado y que su inestabilidad, combinada con el control exclusivo sobre el arsenal nuclear, supone "un peligro claro e inmediato" para la seguridad del país.
Con Biden, cada tropiezo era portada. Cada frase incompleta, quince artículos. Con Trump llevamos meses viendo discursos incoherentes, confusión de países en directo, mensajes publicados tres veces sin que parezca recordarlo, y la respuesta oficial es que "aprueba el examen todos los días." Menos de la mitad de los estadounidenses cree ya que tiene la capacidad necesaria para ejercer el cargo. El doble rasero no necesita más argumentos. Está a la vista.
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